|
"Nada tienen de especial/ dos mujeres que se dan la mano" dice
una canción, pero en este mundo loco, y en particular en esta América
Latina de poca escuela democrática, como existe aún la caza
de brujas, parece que dos mujeres o dos hombres que se aman sí
tienen algo de especial, y para algunos sectores conservadores, algo de
molesto.
Y es así sobre todo cuando se cruza el umbral de lo privado para
ocupar en el espacio público un rol militante; cuando mujeres y
hombres deciden salir a luchar por sus derechos. Cuando lo único
que quieren es poder amarse en libertad y con leyes que no las/os repriman
y sí que contemplen y resguarden su realidad, sus necesidades,
su existencia.
El caso de las compañeras chilenas, Claudia Leyton y Andrea Santander,
viene a poner en escena nuevamente la homofobia, ese odio hacia lesbianas,
gays, travestis y transexuales enraizado en las más fértiles
tierras fascistas del Cono Sur.
Claudia y Andrea, desde un programa que dirigían en Radio Tierra
comenzaron una campaña para pedir la derogación de dos artículos
del Código penal chileno que condenan la homosexualidad en nombre
de las "buenas costumbres", y si bien consiguieron miles de
firmas a favor empezaron a sufrir en carne propia amenazas, persecutas,
intentos de secuestro.
En estos momentos y siguiendo consejos de Amnistía Internacional
se encuentran en nuestro país intentando conseguir una visa que
les abra las puertas en Canadá, donde podrán encontrarse
a salvo del Comando Ibañez que durantes meses las acosó
violentamente provocándoles serios daños emocionales.
Sabemos que lamentablemente no es la primera vez, y tampoco será
la última que suceda esto. Pero es increíble que el amor
sea, justamente, lo que provoca estas actitudes; el amor entre aquellas
personas que se han corrido de lo establecido por el heteropatriarcado
occidental y cristiano.
Recuerdo que hace más de una década Celeste Carballo y Sandra
Mihanovich dieron un recital en nuestra ciudad que terminó junto
con los proyectiles (tomates y rollos de papel higiénico) que les
arrojaron ciertos sectores del público.
Ya en democracia, también, muchas parejas en nuestra provincia
y ciudad han sido y son llevadas a comisarias por solamente besarse en
una plaza, o por ir juntas/os de la mano. Ni que decir de la violencia
que se ha ejercido sobre las travestis. ¿Cuántas son las
víctimas? A esta pregunta habría que responderla diciendo
que ya no interesan las estadísticas; la homofobia existe, y por
lo tanto hay que combatirla, y lo más terrible es que existe porque
hay sectores que no soportan las diferencias; no soportan que dos personas
se amen, dos personas del mismo sexo.
Y sobre todo las personas que se exponen peleando por conseguir lo mejor
para una gran cantidad de personas, ya que según algunos datos,
en la Argentina, la comunidad homosexual llega al 30 o 40 por ciento de
la población total.
La idea que la homosexualidad se acepta mientras sea invisible debería
ya caer. Son las personas las que deberían poder elegir entre decirlo
o no, entre mostrarse o no; y no que las leyes o cierta pacatería
de la sociedad dictamine de antemano qué se debe hacer.
Parece que ya es tiempo de aunar fuerzas, de tender redes de trabajo y
contención; de reforzar y apoyar a aquellos grupos que ya hace
años vienen desarrollando una actividad al respecto; pienso en
el Colectivo Arco Iris de nuestra ciudad, por dar sólo un ejemplo.
Parece que ya es tiempo de entender finalmente que lesbianas, gays, travestis
y transexuales no son comodines que se pueden utilizar para levantar el
rating de algún podrido talk-show; sino que, por más obvio
que sea, todos y todas son personas como cualquier otra, a las que se
les debe reconocer y respetar sus derechos.
Pedir autorización a la autora para reproducirlo escribiendo a:
gdecicco[arroba]citynet.net.ar
Ir a índice de artículos
Volver a libros de poemas
Volver a página principal
|