Susan Sontag: Los horrores
de la guerra y sus representaciones fotográficas
Ante el dolor de los demás: Los
horrores de la guerra y sus representaciones fotográficas
por Gabriela De Cicco
( Para el Boletín "enLACes de AWID",
nro. 42, Fecha: 8 de abril de 2004.)
El presente texto es un comentario del libro de Susan Sontag «Ante
el dolor de los demás», Ed. Alfaguara, 2003, Argentina.
No es la primera vez que Susan Sontag (1933) se dedica a
reflexionar sobre la fotografía, ya lo hizo en 1977 con su libro
de ensayos «On photography». Tampoco es la primera vez que
escribe sobre las atrocidades de la guerra. Pero en este nuevo libro,
«Ante el dolor de los demás», nos propone un recorrido
histórico por las representaciones fotográficas de los horrores
de la guerra. Para hacerlo toma como punto de partida el ya clásico
texto de la escritora inglesa Virginia Woolf, «Tres Guineas»,
publicado en junio de 1938.
En ese libro la autora dio un intento de respuesta tardía a una
pregunta que
le formuló un abogado londinense: «¿Cómo hemos
de evitar la guerra en su
opinión?». Woolf basa su análisis y disquisición
en las fotos que fue
recibiendo de la guerra civil española.
Sontag nos recuerda que este libro fue el que menos disfrutó de
un buen
recibimiento. No era para menos ya que allí Virginia Wolf «propuso
un
original enfoque sobre algo que se tenía por demasiado evidente
o inoportuno
para ser mencionado y mucho menos cavilado: que la guerra es un juego
de
hombres; que la máquina de matar tiene sexo, y es masculino».
La idea que sostenía el libro de la narradora inglesa: el evitar
la guerra,
según Sontag no parecer ya tener sentido: «Quién cree
en la actualidad que
se puede abolir la guerra?» se pregunta, y responde de manera tajante:
«Nadie, ni siquiera los pacifistas. Sólo aspiramos (en vano
hasta ahora) a
impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan
gravemente las leyes de la guerra (pues la guerra tiene sus leyes, y los
combatientes deberían atenerse a ellas), y a ser capaces de impedir
guerras
específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado».
Es justamente por esto que el recorrido propuesto por Sontag en «Ante
el
dolor de los demás» no es un recorrido cualquiera. Lo que
se mira, se
observa, se analiza, son las representaciones fotográficas de las
violaciones a los derechos humanos en situación de conflictos armados,
y a
la vez la autora muestra cómo esas representaciones pueden ser
utilizadas de
manera más o menos provocativa por medio de manipulaciones interesadas.
Realizar el ejercicio de encontrar y poder observar junto a la autora
las
imágenes a las que hace referencia (no están incluidas en
el libro, al menos
en la versión en español) es una forma de poder captar la
profundidad con la
que Sontag se detiene en esta especie de conocimiento que se le da a las
otras/os, y qué es lo que esas personas podrían hacer con
ese
re-conocimiento «adquirido».
Las fotografías aparecen como el resultado de lo inevitable: la
guerra.
Aparecen como representaciones no inocentes de los horrores bélicos.
Se
despliegan, como los cuerpos carbonizados, destrozados, casi borrados
de la
faz de la tierra, como el testimonio (más o menos creíble,
depende las
épocas) de lo que sucedió en un campo de batalla o en una
ciudad arrasada.
Cadáveres frescos acomodados antes del «disparo» de
la cámara en Crimea;
huesos esparcidos en el patio trasero en un palacio de la India; la guerra
civil española; Nagasaki días después de la bomba
atómica; Vietnam; el
conflicto Palestina-Israel; la guerra entre serbios y bosnios; la censura
de
Thatcher durante la Guerra de Malvinas, y la notoria omisión de
Sontag
respecto a la doble censura ejercida por la Junta Militar que en ese momento
gobernaba dictatorialmente a la Argentina (esta lectora en particular
no
puede dejar de a-notarlo); una muestra sobre los linchamientos de negros
y
toda la problemática que despertó en New York. Esto es parte
del catálogo
que presenta la autora.
También hace referencia a aquellos acontecimientos de los cuales
se tienen
pocas imágenes o ninguna: «el exterminio total de los hereros
en Namibia
decretado por el Gobierno colonial alemán en 1904; la furiosa embestida
japonesa en China, sobre todo la masacre de casi cuatrocientas mil y la
violación de ochenta mil chinas en 1937, la llamada Masacre de
Nanjing; la
violación de unas ciento treinta mil mujeres y niñas (entre
las que diez mil
se suicidaron) por parte de los soldados soviéticos victoriosos
cuando
fueron desatados por sus comandantes en Berlín en 1945 (…)
Son recuerdos que
a pocos les ha importado reivindicar».
Han existido otros recuerdos a los que sí se ha intentado reivindicar,
como
por ejemplo la masacre de Wounded Knee (1890), en que los cadáveres
de los
lakotas también fueron manipulados por los fotógrafos, y
en donde sus
rostros se pueden ver claramente al igual que las fotos de los soldados
unionistas y confederados tomadas por Gardner y O’Sullivan de la
Guerra
Civil. Susan Sontag, a aquél hecho no lo menciona en su libro.
«Las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran»
lo que ha
sucedido. «Con nuestros muertos siempre ha habido una vigorosa interdicción
que prohíbe la presentación del rostro descubierto»
y señala como excepción
el conjunto de fotos mencionado en el párrafo anterior. Pero sin
duda alguna
las fotos en colores de la guerra de Vietnam también tiene sus
excepciones.
La autora no deja de insistir que la fotografía «no puede
ser la mera
transparencia de lo sucedido. Siempre es la imagen que eligió alguien;
fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir». Gobiernos, censura
y
autocensura; fanatismo religioso, odio racial se ponen en juego a la hora
de
la «guerra» de las imágenes.
Lo que queda afuera también habla, dice, representa. Lo que «aparece»
por
ausencia también es un grito que puede esgrimirse como denuncia.
Los restos
de la devastada Nagasaki fotografiados por Yosuke Yamahata, esbozadas
casi
con una delectación estética no es menos representativa
que aquella imagen
en donde se puede ver a una mujer japonesa darle la teta a un bebé
que no se
sabe si está vivo o muerto.
Sontag termina el libro dándole una vuelta de tuerca a lo que fue
aquella
pregunta puesta en escena en «Tres Guineas». Ella inquiere
«¿Hay un antídoto
a la perenne seducción de la guerra? ¿Y es más posible
que esta pregunta se
la formule una mujer que un hombre? (Probablemente sí.). ¿Podemos
llegar a
movilizarnos activamente en contra de la guerra por una imagen (o un
conjunto de imágenes)…». A ella le parece que una narración
es mucho más
eficaz que una imagen, y esto tienen que ver con el tiempo «en el
que se
está obligado a ver, a sentir». Un texto (novela, película
o documental) dan
la ilusión de poder llamarnos a ese compromiso antibélico.
Pero también ha
habido otras expresiones fotográficas, no ya las representaciones
del
«mismo» horror, que han convocado a la resistencia.
Total esos muertos ya están lejos de estos vivos: «en quienes
les han
quitado la vida; en los testigos y en nosotros». Que no podemos
terminar de
comprender aquello por los que ellos pasaron. «No podemos lo espantosa,
lo
aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad».
Enlaces a algunas de las fotografías mencionadas en el libro:
- David Seymour: foto de la mujer y bebé en la reunión en
Extremadura, 1936: http://www.icp.org/chim/chim2.html
(pulsar sobre imagen que aparece debajo
del número de aquel año)